Estrés laboral

"No conozco la clave del éxito, pero la clave del fracaso es complacer a todo el mundo"

Woody Allen

El trabajo es nuestra fuente de susento económico, y debería ser también una fuente de realización personal (o almenos creo que eso es a lo que se refería Pepe Rubianes  en sus monólogos con aquello de "el trabajo dignifica").

 

Cuando nos alineamos con la misión y los objetivos de mismo, el resultado es un compromiso que  le da significado a lo que hacemos durante un porcentaje importante de mi vida, y que merece con doble satisfacción, la recompensa económica.

 

Sin embargo, el esfuerzo  y la disponibilidad que requieren ciertos puestos de trabajo, exigen una muy atenta gestión  de nuestro compromiso, tanto en términos cuantitativos (tiempo efectivo de dedicación), como cualitativos (esfuerzo mental acorde a la exigencia).

 

Cuando no somos capaces de ajustar la exigencia laboral a nuestra capacidad sana de compromiso, empieza a abrirse una brecha hacia el desequilibrio, tanto emocional como físico.  Para que os hagáis una idea, es como si cuando conducimos un coche y no lo hacemos nunca a la marcha adecuada. Si lo mantenemos en esa marcha siempre, el motor acaba mostrando signos de que ya no funciona bien. Nuestro cuerpo viene a ser como ese coche. Cuando ponemos la quinta marcha, está claro que llegaremos antes, alcanzaremos más fácilmente los objetivos, pero a la larga, si seguimos a esa velocidad, empezará un desgaste que seguirá su evolución como una espiral en ascenso.  Si bien, al principio, nuestra mente, en sintonía con el cuerpo, es capaz de poner en marcha  mecanismos que nos preparan física y mentalmente para ese ritmo, con el tiempo, la pila se descarga y ya no tenemos suficientes recursos para seguir "funcionando" como deberíamos.  Nuestro organismo, en su infinita sabiduría,  suele empezar a dar pistas de que necesitamos parar, pero es posible que, en nuestro ritmo frenético, no seamos capaces de percibirlas de manera consciente y atenderlas como deberíamos. Así que estas señales, que en principio son  "de alarma", pasan a ser más evidentes cuando se transforman en consecuencias lógicas del desgaste, las consecuencias en cadena a a un estrés continuado.

 

En este punto en que los síntomas son notables, como la dificultad para dormir, el cansancio, la fatiga mental, los pensamientos monotemáticos, y los desórdenes físicos, es cuando las personas pueden ser conscientes de que hay un problema. Se dan cuenta de que el trabajo ya no ocupa sólo una parcela de su vida, sino que lo inunda casi todo, llevándose por delante todas aquellas otras fuentes de satisfacción y vitalidad. Todo lo demás, ha quedado en un segundo plano, la familia, las aficiones, el deporte...ya no tenemos tiempo para ello, o bien, cuando se lo dedicamos, no lo disfrutamos igual, porque nuestra mente está secuestrada por lo laboral o bien por la atención a los síntomas ya evidentes de nuestro mal.  

 

La intervención en estos casos es reorientar a la persona hacia el equilibrio de nuevo, poniendo en marcha los recursos necesarios para volver a trabajar des de una perspectiva sana, que le permita, precisamente, trabajar mejor, y recuperar de nuevo su vida des de la satisfacción y el bienestar. El objetivo, es, en definitiva, volver a conducir ese coche ... disfrutando del trayecto.

 

 

 

 

 

 

 

 

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